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París nos recordó el valor de lo que tenemos en casa

Estas Navidades viajamos a París. No fue solo una escapada ni un viaje para disfrutar de una ciudad única, sino una parte más del camino que seguimos en Pullmar: salir fuera para aprender, conocer otras culturas gastronómicas y volver con una mirada más clara sobre nuestros propios productos. Porque creemos que poner en valor lo nuestro también pasa por observar cómo lo hacen otros, comparar y reflexionar.

En uno de esos paseos, bajo la Torre Eiffel, llegó un momento que nos hizo parar. Tomamos una copa de vino en un lugar emblemático, con un precio considerable y rodeados de una atmósfera que invita a pensar que todo lo que se consume allí tiene que ser excepcional. Sin embargo, mientras lo probábamos, la reflexión fue inevitable: cualquier vino de la Sierra de Salamanca podría servirse en ese mismo lugar y, además, con una calidad claramente mejor. No fue una frase dicha a la ligera, sino una certeza que nos acompañó el resto del viaje.

A partir de ahí, el viaje tomó todavía más sentido. Durante varios días recorrimos muchas vinotecas de París, entrando, preguntando, escuchando y aprendiendo. Hablamos con comerciantes, con gente que vive el vino como nosotros, que defiende sus uvas, sus regiones y su identidad. Nos hablaron de sus variedades, de sus zonas productoras, del champán, de Borgoña, de Burdeos, del Loira… de cómo cada territorio ha sabido construir un relato sólido alrededor de su vino y posicionarlo en el mundo.

Y mientras escuchábamos todo eso, la idea volvía una y otra vez: nosotros también tenemos territorio, tenemos identidad, tenemos uvas únicas y tenemos vinos de calidad real. Salamanca no es solo un lugar donde se produce vino para consumo local; es una tierra con un potencial enorme, con viñedos en altura, con variedades propias como la Rufete, con paisajes y microclimas que dan vinos distintos, frescos y con personalidad. Vinos que no solo están muy buenos, sino que además pueden competir en cualquier mercado, incluso en plazas tan exigentes como París.

Ese momento bajo la Torre Eiffel fue el punto de partida de una reflexión más profunda: nuestros vinos tienen recorrido económico, tienen margen de crecimiento y, sobre todo, tienen capacidad para romper barreras. No tienen por qué quedarse en Salamanca ni limitarse a un consumo cercano. Son vinos que pueden viajar, que pueden exportarse, que pueden estar en cualquier mesa del mundo si sabemos creer en ellos y contarlos bien.

Volvemos de París con más respeto por el trabajo que se hace fuera, pero también con más convicción que nunca en el trabajo que se hace aquí. En Pullmar seguiremos viajando, aprendiendo y conociendo otros lugares donde el vino es cultura, identidad y economía. Pero sobre todo seguiremos haciendo lo que nos mueve desde el primer día: poner en valor los productos de nuestra tierra, apoyar a nuestros paisanos y demostrar que el vino de Salamanca no solo es bueno, sino que tiene un futuro enorme más allá de nuestras fronteras.

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